En una de mis clases, un maestro nos hizo el grandioso favor de proporcionarnos una librería de su creación para utilizarla durante el curso. La librería está compilada (traducida a “lenguaje máquina”) para proteger el precioso código secreto que el profesor guarda con tanto celo, incluso añadió una graciosa advertencia que prohíbe el uso de su librería para aplicaciones comerciales.
En dos ratos libres programé mi propia librería (mucho mejor que la mediocre librería precompilada de este profesor), depurada hasta la saciedad y bastante eficiente en el uso y reciclaje de recursos, con capacidad de cargar archivos de datos y varias gracias más.
El punto aquí es que mi librería es mucho mejor, y no me voy a poner a exigir mis derechos exclusivos de comercialización porque sería inútil. La verdad es que hay librerías mejores que se ofrecen libremente en Internet, bajo licencias opensource (de libre distribución y código abierto) con cuyo precio (gratuito) ésta pequeña librería mía no puede pensar siquiera en competir.
Si ofreces tu software gratuitamente, incluyendo su código, es más posible que tu programa llegue a ser utilizado y conocido, además eres reconocido como el autor del software y no necesitas el código fuente “secreto” para comprobarlo si esa es la preocupación.
La librería que nos “proporcionó” este profesor jamás llegará a ser siquiera utilizada para alguna aplicación más o menos seria, nadie le pagará un centavo por ella, y al ocultar el código fuente elimina las últimas posibilidades de sentir cualquier interés por la librería. A los únicos que podría interesar el código sería a los que llevan la materia, ¡pero no!, el código es propiedad exclusiva de este profesor.
Pienso que esta actitud no es propia de un maestro, ya que imparte su cátedra con la esperanza de que sus alumnos no aprendan nada y no vayan a representar una amenaza a su puesto en un futuro. Es una postura ridícula en verdad.