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Ring Ring

Domingo 3 de Septiembre de 2006

Tengo cierta aversión a contestar el teléfono, a diferencia de otras personas que corren gustosas a ver quién llama. En una ocasión leí sobre cómo se forman las impresiones que tenemos de las cosas. Si nuestra experiencia es mayoritariamente positiva tendremos una buena actitud hacia tal cosa, pero si es mayoritariamente negativa nuestra actitud también será mala. Esto, claro, no quiere decir que nuestra percepción del asunto sea correcta.Pienso que tal renuencia a responder el teléfono se debe a que, normalmente, cuando respondo al teléfono acabo arrepintiéndome de haberlo hecho. Comúnmente es algún desconocido preguntando por mi padre debido a algún asunto que no me incumbe. En muchas de estas ocasiones termino escuchando una serie de problemas que la verdad no me conciernen y por los cuales no puedo hacer más que decir una y otra vez “hable más al rato”. Otras veces acabo adquiriendo el rol de mensajero y debo dejar mis ocupaciones a fin de ir a buscar al destinatario de tal llamada a alguno de los recónditos confines de mi casa, sólo para después volver con un mensaje en respuesta (en ocasiones la operación se repite más de una vez). En algunas ocasiones más, me encuentro respondiendo a la llamada de alguien que desea saber si me interesa tal o cual paquete de llamadas telefónicas, al lo cual respondo simplemente cortando la llamada ante la insistencia del operador.

Me falta mencionar el maldito sonido estridente que causa el aparato telefónico al anunciar una llamada entrante, que interrumpe cualquier actividad que me encuentre realizando, las cuales normalmente requieren de concentración, pues, o estoy leyendo o estoy pensando en algún problema. Como sea, estas interrupciones constantes en el transcurso del día son en extremo molestas. Por si fuera poco, las llamadas llegan a todas horas, en ocasiones a horas tan inapropiadas como lo es la madrugada.

Son contadas las llamadas telefónicas que recibo dirigidas hacia mi, y para colmo de males, cuando recibo una llamada nunca falta que sea un supuesto “amigo” buscando que le resuelva algún problema (que sólo llaman cuando algo se les ofrece). De entre toda esta basura recibo una que otra llamada auténtica sin “gato encerrado”. Algún amigo no parasitario que llama con buenas intenciones. He de admitir que a mi no me agrada “colgarme” del teléfono, pues me resulta muy cansado, y mi oreja termina doliendo. Sin embargo, hay ocasiones en que no me salvo de 30 minutos pegado al teléfono a fin de no ser grosero con quien me ha llamado. Sólo logro terminar agotado y con dolor de cabeza.

Quizá parezca extraño que, en estos tiempos de modernidad y a la afinidad de mis intereses con la tecnología, no posea un teléfono celular. Los rehuyo lo más que puedo. Ya es bastante molesto tener que atender las llamadas de la casa. Se que en ocasiones sería de mucha utilidad poder hacer una llamada de emergencia, o localizar a un amigo rápidamente. Pero esto también significa estar accesible en todo momento a personas que sólo buscan darme problemas; o a la familia que, dado el nuevo servicio, habla para saber dónde estoy, que hago, a que hora llego, que pase a buscar no se que a no se donde, etc. Sin contar que mis ingresos económicos por mes son de lo más miserables como para darme el lujo de pagar el servicio de un celular que no deseo. Más que una herramienta, para mi es un lastre.

Todo esto ha causado cierta mella en mi a lo largo de los años. Quizá por producto del condicionamiento, no puedo evitar estremecerme cuando ese maldito aparato comienza a sonar, el estómago se me revuelve y aguardo algunos segundos en espera de que alguien más responda. En otras ocasiones desconecto el teléfono a fin de no oírlo. Me resulta irritante en verdad, pero afortunadamente estas madrugadas son tan tranquilas…

Problemas, Opresión

Sábado 12 de Agosto de 2006

Hay algo en los videojuegos que muestra una característica importante de la mente humana. Un videojuego es un programa de computadora, las reglas del juego son completamente arbitrarias en un mundo virtual donde todo es posible realmente. Sin embargo, un videojuego está lleno de problemas y trabas para el jugador. Se imponen dificultades y el jugador las acepta de buena gana. El juego bien podría simplemente terminar sin requerir del esfuerzo del jugador, pero claro, este no es el punto.

Mucha gente quiere librarse de los problemas que tiene en la vida, y sueñan con una vida donde todo es fácil, seguro y perfecto. Yo creo que si estas personas obtuvieran tal vida perfecta, el gusto les duraría poco. No tardarían en quedar aburridos, ya que los desafíos son necesarios para el ser humano. Lograr algo difícil siempre trae satisfacción y nos motiva a lograr cosas mayores; y cuando miramos atrás, son esos logros los que perduran en un lugar especial de nuestra memoria y nos llenan de orgullo. Es por esto que los videojuegos son divertidos, porque suponen un reto, imponen dificultades y al vencerlas se siente emoción.

Creo que todos sabemos que las libertades de las cuales gozamos hoy en día, como la libertad de expresión, estuvieron vedadas alguna vez en el pasado. Antaño no era posible escribir sin pasar por una censura previa, o estaba prohibido escribir sobre determinados temas, o incluso, se prohibía escribir en absoluto. Sin embargo, el que estuviera prohibido no significaba que no hubiera quién lo hiciera, quizá motivado por el peligro que implicaba escribir más que por el mensaje mismo. Pienso que más que luchar por algo que esta gente consideraba justo, lo hacían por el riesgo que conlleva hacer algo que está penado. Estar bajo la mira de la ley no puede ser para nada aburrido.

En otros tiempos estaba prohibido reunirse con más de una persona a la vez, y claro que esta prohibición ocasionaba reuniones secretas, las cuales sin duda eran más interesantes que una reunión de hoy en día. O en el caso de otros cultos religiosos, un culto prohibido adquiría un tinte muy especial, un aire de misterio y un apego más allá del deber.

Hay una frase que dice “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”, y puede tener alguna relación con lo que estoy comentando, pues algo “perdido” es algo que se tuvo pero de lo cual ahora se carece, y tal carencia implica un reto, un obstáculo para adquirirlo nuevamente, y por ello se vuelve atractivo y deseado.

Como un ejemplo reciente. El famosísimo libro “El Código Da Vinci” adquirió su popularidad no porque sea un buen libro, sino a raíz de que la iglesia católica lo condenara como herejía. “La mala publicidad también es publicidad” dicen por ahí, y el punto es que leer algo que está considerado como “prohibido” es mucho más interesante que leer algo completamente aceptado (como la Biblia curiosamente, todos tienen una, pero pocos la leen).

Y creo que lo mismo pasa con todas las cosas. Una historia que leemos (o vemos en una película) siempre trae consigo un problema a resolver, mientras más complicado sea es más interesante. Mientras más humano sea un personaje, mayor es el mérito de sus logros. Cuando jugamos contra otra persona, es más gratificante la victoria si el oponente tiene un nivel igual o mayor al nuestro, ¿O acaso alguien disfruta una victoria contra alguien con habilidades muy inferiores?.

Los obstáculos motivan al ser humano a obtener aquello que ocultan o restringen. La prohibición genera deseo, el deseo genera motivación, y la motivación desencadena pensamiento, imaginación, trabajo, todo con tal de obtener el objeto deseado. Pero una vez que se obtiene todo termina. Pienso que es en el camino, y no en el destino, dónde yace la felicidad.

Únete a los Pesimistas

Lunes 19 de Diciembre de 2005

El mundo es tan subjetivo, depende tanto de lo que hay en nuestras cabezas que parece increíble. Un amigo que estudiaba conmigo en la preparatoria era un pesimista por convicción. A menudo me explicaba el porqué de su postura, me decía que era mejor ser un pesimista que un optimista, pues si esperas lo peor de las cosas no te desilusionas cuando efectivamente las cosas van mal. Al contrario, si eres optimista y te va mal obtendrás una gran decepción, que no hubieras obtenido de haber esperado que todo fallara. Era curioso que a este amigo lo seguía la desgracia, le iba mal en todo de una forma que parecía sobrenatural.

Voy a continuar algunas reflexiones que comencé en el post “A Dreamworld“. En el mundo real, es decir, en el mundo que nos rodea, no existen las desgracias ni las venturas, nada es malo y nada es bueno, simplemente es. El carácter de bien o mal es una cualidad subjetiva de las cosas, nosotros les atribuimos estas características, sólo existen dentro de nuestras mentes, y varían de persona a persona.

Todos tenemos nuestros propios intereses muy particulares, y no compartimos muchos intereses de otras personas. Las cosas que nos interesan las vemos por todos lados, mientras que las que no, apenas y nos damos cuenta de su existencia. Lo mismo ocurre con las cosas que esperamos de la vida, y esperar algo no significa que siempre sea algo bueno. Quien espera que le vaya bien no está deseando que le vaya bien, lo espera, está atento a obtener el beneficio esperado. Igual pasa con la persona que espera le vaya mal, está esperando a todo momento que algo malo ocurra o salga mal. Tanto uno como el otro esperan un resultado de antemano, impidiéndoles percibir los eventos o circunstancias que provocarían el resultado opuesto, así, la mente es guiada por un camino preestablecido, una pauta que lleva al éxito o al fracaso.

Por oto lado, la postura pesimista de estar esperando el fracaso hará que un éxito sea subestimado, dado que lo que sentimos respecto de alguna situación determina la categoría que le vamos a dar. Si las cosas no salen como uno esperaba, un pesimista reconocerá la situación como un fracaso. Sin embargo, no es posible que las cosas salgan como uno piensa, la diferencia radica en como vemos las cosas.

También existen personas que se dicen optimistas, que en realidad son conformistas. Estas personas aceptan estúpidamente las miserias que les da la vida. Incluso algunos se consuelan diciendo “Es la voluntad de Dios”, y con estas palabras se tragan con gusto las sobras inmundas que se les da. Aceptan la mediocridad de una forma repugnante y en lugar de superarla le ven el lado bueno. ¡Que estupidez!.

Pienso que ser optimista es saber que uno es capaz de salir adelante. Para mi, alguien optimista es el que confía en si mismo, sabe que puede lograr lo que se propone. Si algo sale mal, no lloriquea con autocompasiones ni se decepciona inútilmente de los fracasos. Aprende de los errores y no se lamenta por ellos, se supera a si mismo y no se conforma. No espera milagros, ni intervención divina, toma la responsabilidad de su propia vida y la construye a propósito, jamás acepta que su vida sea una decepción, así como tampoco se conforma con cualquier mierda. Es alguien frío, calculador y despiadado (the only way to be).

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